Desde aquí observamos una magnifica panorámica, en la que destaca una sucesión de lomas cubiertas de espesa vegetación, a cuyo oscuro color, debe esta sierra el nombre de Sierra Morena.
A menudo este paraje se encuentra inmerso en una profunda niebla, provocada por la inversión térmica que se produce en los fondos de valle, que imprime al paisaje un aire místico.
Más próximo a nosotros se encuentra el paraje de Valdeinfierno, cubierto por pinos piñoneros, que son fruto de las repoblaciones forestales efectuadas entre 1940-1970.
A nuestra derecha, encontramos el Castellón de San Miguel, un magnífico ejemplo del relieve granítico, en el que los fracturados bloques de granito, también conocidos como bolos o berruecos, asemejan los sillares y almenas de una fortaleza.
Merece la pena detenerse un poco más en este mirador, e intentar escuchar los sonidos de la variada fauna que puebla estos montes. A lo largo del año, el paisaje sonoro va cambiando: en las soleadas mañanas del invierno escucharemos a la perdiz roja, al críalo y al pito real. En primavera se sumarán a este coro un sin fin de aves forestales, como pinzones, herrerillos y currucas.
Ya próximo al verano escucharemos lo silbidos del abejaruco o el reclamo de la oropéndola.
A comienzos del otoño la berrea del ciervo inundará la sierra, y en los últimos días de diciembre, tal vez tengamos la suerte de escuchar en la lejanía, el ronco maullido del lince ibérico.